
¿Está la columna esa que decía que había que mirar al final de todo?”, pregunta un periodista de Crítica de la Argentina. Entonces alguien hojea el libro y encuentra en la página 253 la frase “Al final de la columna” repetida en cuatro páginas. Y al final de la columna aparece el resultado del intríngulis: “No hay nada”, dice y todos se miraron desconcertados. Cuando se publicó la contratapa en este diario, la redacción se dividió entre quienes pensaron que estábamos en presencia de un genio y quienes pensaron que Peña se había quedado sin temas. Él estaba contento con esa contratapa. Estaba convencido de que era una genialidad.
Por eso, ahora que Sudamericana decidió compilar todos los escritos publicados en Crítica de la Argentina del artista uruguayo fallecido el 17 de junio de este año, al llegar el libro a la redacción, lo primero que se buscó fue esa contratapa. Que al menos tiene la virtud de no pasar inadvertida. Y de ser recordada. Con la cantidad de papel que se publica a diario, que un texto provocador aún no pueda ser calificado por su genialidad o por su ausencia, demuestra hasta qué punto Fernando Peña dejó una firma personal indeleble. Ése era él, el incalificable.
Ahora, con este trabajo titulado, provocadoramente, claro, A que no te animás a leer esto, se puede entender mejor que Fernando escribió en Crítica de la Argentina un diario personal público, un registro minucioso de poco más de un año de vida intensa, un complemento gráfico de lo que cada mañana le regaló a su público a través de los micrófonos de la Metro, con su mañanero El Parquímetro.
La gran diferencia es que aquí ha quedado registrado. Y eso permite ver, por ejemplo, que para Fernando el hecho de escribir en el diario era en sí mismo una acción digna de ser descripta. Por eso no es raro leer cosas como :“Pensé un rato largo antes de escribir este artículo. No conviene avivar giles” o “Dudé bastante antes de escribir lo que sigue, ustedes saben que yo no creo en la privacidad” o “Mientras dicto esto a José María, que me tipea, me pregunta si es cierto esto” o “Ahora que lo escribí y lo leo, no puedo decir ni que me angustia ni que me alegra ni que me asusta, tampoco me sorprende”. Ése era el tono de su escritura aquí. El de una aventura compartida. Cuando comenzaba, como los viejos beatniks, no tenía un plan establecido, y bien podría haber escrito en un rollo que nunca terminara. Y cuando por las medidas del diario debía poner punto final, no podía menos que reflexionar sobre lo que terminaba de hacer. Como un chico que acabara de hacer una travesura. O una buena obra por la que quiere ser reconocido por los mayores.
También puede, quien se acerque al libro, comprobar que ese diario personal público que se empeñó en desgranar lunes y sábados –lunes con la sección “En el borde”, sábados con la contratapa– no dejó tema personal por recorrer. Fernando se sabía el personaje, sabía que todos éramos personajes de una comedia y, por lo tanto, todos éramos importantes, dignos de ser contados. La vida que tenía más a mano era la suya y la contó. Claro que, como era un observador nato, una simple frase de su vida privada le daba pie para escribir una página entera sobre los temas más variados. Algunos textos comienzan con sentencias tales como “Hace poco pinté mi casa”, o “Tenía doce años cuando mi papá Pepe Peña, periodista deportivo, me trajo a Buenos Aires”, o “Es domingo y estoy en Manhattan”. A partir de allí, las historias crecían, proponía hipótesis que casi nunca cerraban, porque su trabajo nunca fue dar respuestas, sino, simplemente, armar pequeñas revoluciones en la cabeza y el alma de sus seguidores. Y también de sus contrincantes, que Peña se los supo buscar y de todos los colores. Pero que ahora pueda parecer que se divirtió bastante más inventándose enemigos que amigos, queda claro que los mejores momentos los pasó con sus amigos.
No sólo él como personaje fue su tema en las páginas del diario Crítica de la Argentina. También, la urgencia de escribir dos veces por semana lo empujó más de una vez a ser testigo y relator privilegiado de la realidad nacional.
La más impactante de las contratapas referidas al devenir cotidiano de la Argentina, sin duda, fue su famosa “Carta abierta a Cristina”, escrita al calor del enfrentamiento con Luis D’Elía, donde fue, quizá, más honesto que nunca: “Yo soy actor, no político ni periodista, y aunque a veces no parezca, soy bastante ingenuo y estoy bastante desinformado”. La carta circuló en infinidad de redes de e-mails en el momento más álgido del enfrentamiento del gobierno nacional con los sectores del campo. También fue claro cuando se enfrentó con integrantes de la farándula de la que él formó parte gozosamente. El hecho de haber participado más de una vez del programa de Susana Giménez no fue un inconveniente para que, cuando la vida se descolgase con las frases pro pena de muerte, decidiera él mismo gritar “A Susana la mato yo”.
Al ser las notas de A que no te animás a leer esto un registro del último año de Fernando Peña, no pueden faltar, claro, las referencias a las enfermedades que lo llevaron a la muerte. En el sentido prólogo de Jorge Lanata, uno de los amigos más cercanos de Fernando Peña, publica los e-mails que los íntimos recibieron de parte del artista, casi como partes de guerra cotidiano, como partes de prensa del avance de los dolores y los achaques. Es una correspondencia privada que ve la luz por primera vez y que deja al descubierto el desierto de pánico que Fernando atravesó en sus últimos días. “De ahora en adelante, se trata de ir atajando pollitos a medida que los problemas de los efectos colaterales vayan urgiendo, pero ya está, el tumor reaccionó!!!!!!!!!!!!! Todo sufrimiento a partir de ahora valdrá la pena. Me pone muy contento compartir esta noticia con ustedes y los quiero!!!!!!!!!!!!!!!!!! Ahora será un día a día con sus complicaciones pero acompañado de un notición hermoso... Sé que gran parte de esto se los debo a sus fuerzas y deseos... Estoy lagrimeando... adiós...”. (Segmento del Prologo de, "A que no te animas a leer esto")
Bueno aca les dejo, "A susana la mato yo" --- Uno de los escritos de Fernando Peña, que todavia concervo en mi computadora.
Sin dudas fue un grande, mostrandose siempre como fue, enfrentandose al mundo y enseñandole a muchos como yo, a poder sobrevivir en un mundo bastante egoista, pero que se podia sobrellevar con humor, ironia y sarcasmo.
Podria estar estar escribiendo muchas horas mas, pero creo que no valdria la pena.
Fue la persona que propaso el personaje, Un grande, Un genio... Fernando Peña ...
"A Susana la mato yo"- Fernando Peña
Matemos a todos, matemos a los que nos hacen bien y a los que nos hacen mal, a los que hacen el bien universal y a los que hacen el mal universal. Matemos a todos los que opinan diferente y matemos a todos los que opinan igual… También matemos a todos los que opinan igual que nosotros… y por qué no también a los que opinan diferente entre ellos. Matemos a nuestros hijos cuando no entienden los deberes y matemos a nuestros hijos cuando se sacan un diez. Matemos a los vecinos, sí, sí, sí, a ellos inmediatamente, no hay nada peor que un vecino, ese sorete que no nos deja vivir solos, ese desgraciado que no nos deja pasearnos desnudos por nuestra propia casa, ese que no nos deja poner la música fuerte, el vecino es lo peor que hay, es el que compró al lado justo cuando estábamos por juntar la plata. Matemos a los porteros… Ayyyy, casi me olvido de los porteros, esos mierrrrrdas que nos odian porque quieren vivir en nuestros departamentos porque ellos viven en esas cuevas indignas en los últimos pisos. Matemos a la planta que no nos crece y que nos dice en la jeta que somos unos inútiles como jardineros, que somos incapaces de mantener una vidita verde porque no tenemos dedo verde. Matemos a las maestras jardineras, sí, sí, sí. Otro rubro insoportable, esas tilingas de mierrrrrda que usan esos guardapolvitos decorados con guardas inocentes y en el fondo son todas unas putitas, sí, sí, matémoslas a todas. Matemos a Jorge Rial también ya que estamos… Matemos a los perros porque nos dejan todo meado y cagado, y además a veces muerden, che. Matemos a los gatos porque arañan y maúllan, y matemos a los otros gatos porque nos sacan a los chongos, chicas. Es más, redoblo la propuesta, matemos a todos los que pertenezcan al rubro de la prostitución. Matemos a las mucamas por existir, además roban y son todas unas yeguas y unas negras de mierda; las señoras de Barrio Parque saben muy bien de lo que estoy hablando, ¿no es cierto, señora? Matemos a los mozos, uyyy, cómo olvidar a los mozos… Esos mierrrrrdas que nos traen todo frío y con gas cuando es sin gas y viceversa. Matemos a los de las inmobiliarias, cómo me olvidaba de esos mierrrrrdas que nos tratan de vender esos ambientes oscuros llenos de recuerdos espantosos que, además, vaya a saber uno a quién habrán matado alguna vez en esos sucuchos de mala muerte… Raza odiable de pretenciosos y mentirosos que se arrastran para vender lo invendible…
Es más, redoblo la propuesta: matemos a todos los vendedores de todos los rubros, asquerosos vendedores de puta madre, soretes, cretinos, IMBÉCILES, tontos, mierrrrrdas...
Matemos a los dealers, por supuesto, por vender caro y de la mala, matemos a los presidentes que les compran, a los gerentes, a los empleados, a las secretarias, a los taxistas… Sí, cómo me olvidaba de estos mierrrrrdas los taxistas… matemos a los kiosqueros, a los acomodadores, a los trapitos… Uyyyyy, cómo me olvidaba de estos asesinos chorros negros del orrrrrto que seguramente son los que viven en la Villa 31 y son los que están construyendo para arriba, sí, sí, sí. Esos mierrrrdas… matemos a los actores, a los escritores, a los jubilados… Ahhhhh... Cómo me olvidaba de esos viejos de porquería, soretes, mierrrrdaaas… esos que nos chantan en la cara lo que es la vejez y de lo que nos vamos a morir, esos que nos dicen con placer que nosotros también vamos a llegar, jeje, jeje, esos que se ríen así, jeje, regocijándose en que así vamos a quedar cuando lleguemos a su edad… Matemos a los médicos y a los enfermeros, a los guías de turismo, uyyyy, ayyyy, esos mierrrrdas los guías… Matemos a los gorriones, a los loros, a las palomas y a las ratas, matemos a las madres, y si son las de Plaza de Mayo, mejor; matemos a los padres y si son los de Schoklender mejor…
Redoblo la propuesta, subo la apuesta…
¡Matemos a todo el mundo! Eso, ahí esta, a todo el mundo matemos, para que voy a seguir escribiendo listas de rubros, empleos, nombres y apellidos… Matemos a todos… A todos… A vos también te van a matar, y vos matá a alguien si no, no mataste y no te van a poder matar y rematemos a Lanzavecchia así no descansa en paz, dale. Y a mí también, por favor, no se olviden de matarme a mí también… Pero para que me maten tengo que matar a alguien… ¿A quién mato? Mmmm…Ya está… Yo me encargo de Susana Giménez y que ella se encargue de Pelusa. “Peguémono’ todo’ un tiro así no quedamo’ ma’ nadie no quedamo’ y el mundo va se’ mejo’ va se’”… Como tal vez pensó Monzón cuando tiró por el balcón a la Muñiz.