viernes, 17 de febrero de 2012

El silbido que se pierde.-

El miedo más común es el miedo a perder el silbido.
Por eso las personas andan con los ojos bien abiertos cuando silban, se alejan de lugares donde hay mucha gente y no viajan en subte.
Cuando no usan el silbido, lo guardan bajo llave. Prestarlo, a nadie.
Hay quien piensa que es tonto tener miedo a perder el silbido, pero con el pasar del tiempo termina comprendiendo hasta qué punto se habia equivocado.
Una vez perdido el silbido, no hay manera de reponerlo. No importa que uno tenga dinero o influencias. No importa que consiga robarlo (es raro que un silbido se adapte a otro dueño que no sea el propio).
No sirve ni siquiera tratar de fabricar un silbido nuevo. A veces ocurre que alguien encuentra su silbido perdido hace muchos años, y la esperanza de que eso se repita es suficiente para que miles de personas que perdieron el suyo tengan fuerzas para seguir viviendo. Son los que andan apurados por la calle, sin mirar a nadie, con las manos en los bolsillos, simulando que saben por dónde van, cuando en realidad lo único que hacen es buscar, buscar, buscar. Otros, en cambio, una vez que pierden el silbido respiran aliviados. Son los que le dicen a todo el mundo que lo mejor, cuando se teme algo, es que ese algo suceda. Son los que de este modo encuentran tiempo para dedicarse a miedos más productivos. Por supuesto, quedan los ecépticos. Los que creen que este miedo es una cáscara que cubre otro miedo mucho mayor, olvidado hace miles y miles de años. Una cascara lo suficientemente dura, dicen, para que uno viva sin siquiera sospechar lo que pueda ocurrir mañana.